DEMOCRACIA, DERECHOS HUMANOS, PLURALISMO CULTURAL Y LAICISMO: ¿UNA PERSPECTIVA IRRECONCILIABLE?

Por Fabián Granobles Ocampo –  Asociación de Ateos de Cali‘s note.

Los interrogantes con los cuales se pretende iniciar este texto son: ¿qué es la democracia?; ¿qué son y cuáles son los derechos humanos?; ¿qué es el multiculturalismo? y ¿qué es el laicismo? La democracia (del griego “demos”, “pueblo” y “krátos”, “gobierno”) no se reduce a su denominación etimológica, sino que es, según el filósofo, pedagogo y escritor ateo colombiano Estanislao Zuleta (1935-1990), la aceptación de la pluralidad de culturas, pensamientos, juicios, convicciones y visiones o concepciones de mundo como algo que enriquece la vida humana y no como algo que hay que aceptar y tolerar de manera forzosa, porque es inevitable, sino que es la valoración positiva de las diferencias y la eliminación del dogmatismo y el totalitarismo mediante el debate, la argumentación y la demostración. La democracia es el derecho y la tolerancia hacia la diferencia, es la posibilidad concreta de diferir de los otros, de ser distinto, de desarrollar esa diferencia, de pensar, de actuar y vivir distinto. No hay que confundir la democracia ni la tolerancia ni la racionalidad ni la educación como formación con el relativismo o con el “gobierno y opinión de las mayorías” o “las grandes masas” o “lo que es comúnmente aceptado” o con “lo que ha sido aceptado o decidido a través del voto popular”[1].

Los criterios de las grandes masas o las mayorías no son necesariamente racionales ni demostrativos ni formativos[2]. Si al matemático y astrónomo italiano Galileo Galilei con suteoría heliocéntrica o al biólogo y geólogo inglés Charles Robert Darwin con su teoría de la evolución por selección natural se les hubiese ocurrido la idea de someter a votación popular o a dejarse guiar por lo que era comúnmente aceptado, entonces lo más probable es que no existirían la teoría heliocéntrica o la teoría de la evolución por selección natural, ya que las mayorías hubiesen votado en contra de ellos, debido a los prejuicios de esos contextos socioculturales y épocas históricas determinadas[3]. La democracia no es latiranía de las mayorías, y mucho menos de las mayorías o grandes masas dominadas por los medios masivos de comunicación, por la ignorancia, los prejuicios, la superstición, la intolerancia, el fanatismo, la violencia, el consumismo excesivo y la irracionalidad[4]. La democracia es el derecho a la diferencia, a pensar, vivir y ser distinto, a desarrollar esa diferencia[5]. La democracia tampoco es el equivalente o sinónimo de capitalismo (y mucho menos de capitalismo salvaje o capitalismo neoliberal) ni se reduce a una mera constitución política, en donde estén escritos o positivizados los derechos, libertades y deberes del ciudadano. El capitalismo es otro sistema socio-político y económico, como lo es el comunismo y el fascismo, que conllevan implícitas y explícitas formas de exclusión.

La democracia es, según Estanislao Zuleta, el esfuerzo por la racionalidad. La racionalidad es el esfuerzo por la democracia. En la racionalidad se percibe al otro como su igual, no como su superior, al cual se le suplica y obedece o como su inferior, al cual se le impone[6]. Por eso implica un cierto nivel de angustia y de duelo, por la necesidad de debatir y demostrar. La idea expresada en la afirmación “la verdad os hará libres” expuesta en el Evangelio de San Juan, sería mejor invertirla. Es la libertad la que nos obliga a ser veraces en los juicios, ya que no se pueden imponer ni aceptar autoridades sagradas e incuestionables, tenemos que aprender a debatir y a demostrar[7]. Se debe tener en cuenta que el discurso racional es un hecho, no una aspiración o quimera, porque cuando se debate con argumentos y demostraciones, esas demostraciones y argumentos existen, son hechos.  La democracia es la aceptación de la angustia de decidir por sí mismo y pensar por sí mismo. Una apertura real y concreta hacia la democracia exige la participación popular activa, una participación y responsabilidad activa de toda la sociedad civil, incluyendo a los políticos, científicos e intelectuales de todos los campos de estudio e investigación. Para que un pueblo tenga democracia, es necesario que sea creador de cultura, y para que ocurra eso es necesario que tenga vida en común, que haya sentido de pertenencia a la comunidad. Cuando un pueblo se dispersa, se atomiza, cuando cada sujeto vive su miseria y sus problemas de manera aislada, atomizada y hermética, sin ninguna colaboración, sin ningún objetivo, propósito, actividad y trabajo comunes, entonces ese pueblo pierde la posibilidad de crear cultura[8]. La democracia debe ser entendida y definida siempre en términos de la igualdad de derechos y posibilidades concretas y efectivas. La igualdad debe ser una búsqueda tanto socio-política y económica como moral y cultural. Las libertades deben entenderse en el orden de las posibilidades concretas y efectivas y no en el orden del mero derecho positivo (letra muerta) y las estadísticas. La libertad, en suversión positiva, consiste en hacer todo lo que permita hacer los hechos y la vida concreta[9]. La democracia es la participación activa, real, concreta, material y efectiva de la ciudadanía en la construcción de valores, intereses y asuntos sociales, políticos, económicos, morales, estéticos, lingüísticos que le conciernen y en la elección y sustitución de los gobiernos que ejercen el poder político de una manera temporal y delegada, nunca por derecho divino, inspiración divina, visión divina, misión divina o iluminación de un ser humano en particular, un grupo religioso, un monopolio económico, una casta o un partido político.

La democracia es pensar en el lugar del otro, es la posibilidad y la capacidad de ponerse en el punto de vista del otro, de tomar en serio el pensamiento el pensamiento del otro, de entrar en diálogo con el otro, de discutir con el otro, de relacionarse con el otro sin agredirlo, violentarlo, asesinarlo, insultarlo, escupirlo, intimidarlo, humillarlo, desprestigiarlo, desacreditarlo, destruirlo, pero al mismo tiempo defender el pensamiento propio[10]. El respeto al otro implica aceptar y partir de la posibilidad de que el otro puede tener razón o su parte de razón en una discusión, de que ninguna perspectiva, visión del mundo, horizonte de comprensión percibe certera, infalible y absolutamente la totalidad de la complejidad humana ni es suficiente para satisfacer las necesidades y aspiraciones humanas, es el reconocimiento del otro, diferente o adversario, pero no enemigo, al que no hay que destruir, aplastar, exterminar, aniquilar, sino visto como un posible destinatario válido de una argumentación racional.

La tiranía, la dictadura, la teocracia, la tecnocracia, el absolutismo, el despotismo, la homogenización, la subordinación y la explotación no aceptan la conciliación, ni el debate, ni la argumentación, ni la crítica ni la duda ni la demostración porque se tratan de imponer, aunque en muchas ocasiones no se logra imponer, ya que siempre queda un mínimo de reserva de libertad humana individual aún en las peores circunstancias de las tiranías, dictaduras, absolutismos y despotismos más crueles, sangrientos y atroces. Los dictadores y tiranos pueden hacer arrodillar, decir, pero los dictadores y tiranos no pueden obligar a desear, amar, pensar o soñar, pues siempre fracasan en sus intentos[11]. La democracia sería entonces lo opuesto a la tiranía, la dictadura, la teocracia, la tecnocracia, el absolutismo, el despotismo, la homogenización, la sumisión y la explotación, porque es la tolerancia hacia la diferencia y la posibilidad de la diferencia, del respeto, del debate, de la argumentación, de la crítica y de la demostración.

Para Estanislao Zuleta, se necesita entonces pensar a seres humanos como seres sociales e históricos, como sujetos reales, concretos, determinados y condicionados por contextos socioculturales e históricos y con posibilidades reales, efectivas y materiales de existencia y no como “individuos abstractos, el yo, el libre albedrío, la libre voluntad, la conciencia de sí, el momento subjetivo”[12]. Las leyes, la policía, el ejército o la constitución política en Colombia, en Latinoamérica y en general no prohíben el acceso a la salud ni a la educación primaria, secundaria y superior, pero si lo prohíbe el contexto socio-económico, los hechos, la vida concreta, entonces muchos seres humanos no tienen la libertad y el derecho a la salud y la educación, por lo que no basta con que esté escrito o positivizado el derecho a la educación y a la salud, entre otros, ni con la ampliación de la cobertura educativa, las estadísticas de la disminución del analfabetismo o con la implementación de programas de educación a distancia, se necesita que el derecho a la educación esté fundamentada en la igualdad de oportunidades en la educación y en una educación de calidad.

Los Derechos Humanos son aquellas “condiciones instrumentales que le permiten a la persona su realización”[13]. En consecuencia subsume aquellas libertades, facultades, instituciones o reivindicaciones relativas a bienes primarios o básicos[14] que incluyen a toda persona, por el simple hecho de su condición humana, para la garantía de una vida digna, “sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición”. Los derechos humanos, herederos del concepto de derechos naturales, son una idea de gran fuerza moral y con un respaldo creciente. Legalmente, se reconocen en el Derecho interno de numerosos Estados y en tratados internacionales. Para muchos, además, la doctrina de los derechos humanos se extiende más allá del Derecho y conforma una base ética y moral que debe fundamentar la regulación del orden geopolítico mundial contemporáneo. La Declaración Universal de los Derechos Humanos se ha convertido en una referencia clave en el debate ético-político actual, y el lenguaje de los derechos se ha incorporado a la conciencia colectiva de muchas sociedades. Sin embargo, existe un permanente debate en el ámbito de la filosofía, la historia y las ciencias humanas sobre la naturaleza, fundamentación, contenido e incluso la existencia de los derechos humanos; y también claros problemas en cuanto a su eficacia, dado que existe una gran desproporción entre lo violado y lo garantizado estatalmente. Para los iusnaturalistas, los Derechos Humanos son atemporales e independientes o no dependen exclusivamente del ordenamiento jurídico vigente y del contexto sociocultural e histórico, por lo que son considerados fuente del Derecho; sin embargo desde los positivistas jurídicos, la realidad es que solamente los países que suscriben los Pactos Internacionales de Derechos Humanos o Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos (PIDCP) y el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (PIDESC) y sus Protocolos (Carta Internacional de Derechos Humanos) están obligados jurídicamente a su cumplimiento. Muchos filósofos, sociólogos e historiadores del Derecho consideran que no puede hablarse de derechos humanos hasta la modernidad en Occidente. Hasta entonces, las normas de la comunidad, concebidas en relación con el orden cósmico, no dejaban espacio para el ser humano como sujeto singular[15], concibiéndose el derecho primariamente como el orden objetivo de la sociedad. La sociedad estamental tenía su centro en grupos como la familia, el linaje o las corporaciones profesionales o laborales[16], lo que implica que no se concebían facultades propias del ser humano en cuanto que tal, facultades de exigir o reclamar algo. Por el contrario, todo poder atribuido al individuo derivaba de un doble Estatus: el del sujeto en el seno de la familia y el de ésta en la sociedad. Fuera del Estatus no había derechos[17]. La existencia de los derechos subjetivos, tal y como se piensan en la actualidad, fue objeto de debate durante los s. XVI, s. XVII y s. XVIII.  Habitualmente se dice que los derechos humanos son producto de la afirmación progresiva de la individualidad[18] y, de acuerdo con ello, que la idea de derechos del hombre apareció por primera vez durante la lucha burguesa contra el sistema del Antiguo Régimen[19]. Siendo ésta la consideración más extendida, otros autores consideran que los derechos humanos son una constante en la Historia y hunden sus raíces en el mundo clásico. Las teorías que defienden la universalidad de los derechos humanos se suelen contraponer al relativismo cultural extremo. Entre estas 2 posturas extremas se sitúa una gama de posiciones intermedias. Muchas declaraciones de derechos humanos emitidas por organizaciones internacionales regionales ponen un acento mayor o menor en el aspecto cultural y dan más importancia a determinados derechos de acuerdo con su trayectoria histórica. La Organización para la Unidad Africana proclamó en (1981) la Carta Africana de Derechos Humanos y de los Pueblos, que recogía principios de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de (1948) y añadía otros que tradicionalmente se habían negado en África, como el derecho de libre determinación o el deber de los Estados de eliminar todas las formas de explotación económica extranjera. Más tarde, los Estados Africanos que acordaron la Declaración de Túnez, el (6 de noviembre de 1993), afirmaron que no puede prescribirse un modelo determinado a nivel universal, ya que no pueden desatenderse las realidades históricas y culturales de cada nación y las tradiciones, normas y valores de cada pueblo. En forma similar se pronuncian la Declaración de Bangkok, emitida por países asiáticos el (22 de abril de 1993), y la Declaración de El Cairo, firmada por la Organización de la Conferencia Islámica el (5 de agosto de 1990). También la visión occidental-capitalista de los Derechos Humanos, centrada en los derechos civiles y políticos se opuso a menudo durante la Guerra Fría, destacablemente en el seno de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), a la visión de los Derechos Humanos del bloque socialista, que privilegiaba los derechos económicos, sociales y culturales y la satisfacción de las necesidades humanas básicas.

La diferencia entre los derechos sociales o colectivos y los clásicos derechos individuales realmente es sólo cualitativa, porque son los Derechos Humanos los que constituyen el fundamento de la democracia, porque instauran unas normas comunes para la convivencia, un límite y una distinción entre el poder y la ley e impide que el Estado se desborde sobre toda la sociedad civil y pretenda dirigir y controlar todas las actividades socio-culturales y abren un espacio socio-político público y legal en donde pueden circular y contraponerse las diferentes concepciones, visiones de mundo, ideologías y conflictos de la vida socio-cultural y política, incluidos los conflictos de los ciudadanos, individualmente y colectivamente, sin que el Estado, las religiones, los partidos políticos y las empresas pretendan monopolizarse con una supuesta verdad absoluta e irrefutable. La creencia en que la victoria corresponde a la verdad, que el mejor argumento es aquel que se impone por el uso de la fuerza y la violencia es una creencia que legitima el derramamiento de sangre, la sumisión, la dominación, la discriminación, la jerarquización, la manipulación, la explotación y la intolerancia. La existencia de los Derechos Humanos es muy importante, pero es un mínimo escrito al cual no debe reducirse la democracia (al contrario de lo que plantea el Liberalismo), porque de nada sirve tener derechos escritos o positivizados si no existen posibilidades concretas, materiales y efectivas de ejercer los Derechos Humanos. La democracia, la libertad y la igualdad de oportunidades no se decretan, se escriben o se leen, se logran, se conquistan en la vida concreta y en los hechos empíricos. Dentro del proceso histórico de consolidación de las sociedades liberales abiertamente proclamadas como democráticas, las cuales provienen como herederas de la influencia de la Revolución Inglesa (1642-1689), la Revolución Estadounidense (1776), de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de la Revolución Francesa (1789), y de la aprobación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos el (10 de diciembre de 1948) (que recoge en sus 30 artículos los derechos humanos considerados básicos), se ha establecido que los seres humanos nacen libres e iguales ante la ley y que la libertad, en su versión negativa, consiste en hacer todo lo que no afecte a los demás y todo aquello que no lo impida la ley. Sin embargo, en la vida concreta, los seres humanos no nacen libres e iguales, sino que nacen en condiciones socio-políticas, económicas y morales completamente diferentes (y terriblemente desiguales) y en culturas diferentes y los seres humanos no necesariamente se relacionan fraternalmente, pues de ser así, no existiría las formas de dominación, manipulación, cuadriculación, explotación, sumisión, esclavitud, jerarquización, discriminación,  violencia. Pero esa diferencia y pluralidad no debe convertirse en el pretexto para la dominación, la jerarquización, la sumisión y la explotación, sino como algo que enriquece la vida humana y la cultura, como la afirmación y promoción de las diferencias, las iniciativas, los intereses y los conflictos sociales, políticos, económicos, morales, estéticos, lingüísticos, afectivos, como el único territorio posible del pensamiento. El derecho fundamental de todos los seres humanos es el derecho a la diferencia, a diferir, a ser diferente. Cuando no existe el derecho a la diferencia, es decir, cuando no se respeta la diferencia y no se tiene más que el derecho a la igualdad, entonces no se tienen realmente derechos.

El multiculturalismo es un concepto que está sujeto a diversas y a veces contradictorias interpretaciones en la sociología, la antropología, la politología, el derecho, la historia, la psicología, la filosofía. En su sentido meramente descriptivo designa la coexistencia de diferentes culturas en una misma entidad política territorial, pero puede tener un sentido prescriptivo o normativo y designar diferentes políticas. Por otra parte, el multiculturalismo es también una teoría que busca comprender los fundamentos culturales de cada una de las naciones caracterizadas por su gran diversidad cultural. Según el filósofo mexicano Mauricio Hardie Beuchot Puente (1950- ), en la actualidad puede decirse que es un hecho o situación: la existencia de diversas culturas en un mismo Estado y en una comunidad mayor. El Estado es político, la nación es étnico-cultural. Sin embargo, cabe hacer la distinción entre multiculturalismo y pluralismo cultural (que hunde sus raíces en un pluralismo jurídico y un pluralismo político), pues no se trata de encerrar y aislar culturas en una reservación con la excusa y fin de que no se contaminen y desaparezcan, sino que puedan interactuar con otras de manera real y concreta (no de manera abstracta e impositiva, pues requiere del discernimiento y del diálogo), y en donde se logre un equilibrio entre el derecho a la igualdad y el derecho a la diferencia (sujeto y comunidad), entre las identidades individuales y las identidades colectivas y entre las identidades étnicas y las entidades globales (estatales). Por ello se conectan los conceptos de cultura, identidad cultural e interacción cultural[20]. La dificultad del pluralismo cultural es hay que satisfacer y lograr un equilibrio (no estático sino dinámico) entre 2 principios: el de la igualdad de derechos para todos y el reconocimiento de la diversidad cultural. Es decir, no se puede permitir que las diferencias culturales vayan contra la equidad social, política y económica, el bien común y los derechos humanos (tanto individuales como colectivos), pero sin desconocer la diversidad cultural. Aquí tiene un papel fundamental la racionalidad, pues tiene que haber un conjunto de elementos o principios ético-políticos que se comparten. Por eso se debe buscar un pluralismo cultural equilibrado o proporcionado o analógico. Es un difícil equilibrio, una delicada proporción, pero vale la pena intentarlo[21]. El multiculturalismo surgió en el mundo angloamericano dentro del liberalismo como un modelo de política pública y como pensamiento social y político de reacción frente a la uniformización cultural en tiempos de globalización. Es, por tanto, una propuesta de organización sociocultural, que se ubica en términos teóricos dentro del pensamiento antiasimilacionista de la diversidad cultural. Con el concepto multicultural se hace referencia a la variedad que presentan las culturas en la sociedad humana para resolver las mismas necesidades individuales cuando todas ellas deberían poseer igualdad de posibilidades para desarrollarse social, económica y políticamente con armonía según sus tradiciones étnicas, religiosas e ideológicas. De acuerdo con el multiculturalismo, los Estados deberían articularse institucionalmente de manera que reflejen la pluralidad de culturas existentes. El multiculturalismo radical se puede convertir en una nueva forma de racismo cultural yxenofobia.

Sin embargo, cabe añadir y resaltar que la tolerancia y respeto hacia el otro y hacia lo diferente (tanto al interior de la cultura en que se está inmerso como por fuera de ella como condición necesaria de la democracia) no quiere decir lo que en la tradición del liberalismo se ha afirmado dejar a los demás pensar lo que quieran y deseen y pensar lo que se quiera y desee, con tal que no ofenda ni dañe ni afecte a los demás. Esto conduce a unas formas de relaciones sociales basadas en un relativismo hipócrita, indiferente y vulgar, en la charlatanería, en el irracionalismo, en una falsa tolerancia y un falso respeto y en losmicrodogmatismos, monólogos dogmáticos o dogmatismos atomizados,  según los cuales cada quien tiene sus puntos de vista, criterios, afirmaciones, negaciones, opiniones, conjeturas y creencias y respeta y tolera y no cuestiona los puntos de vista, criterios, opiniones y creencias de los otros, con tal de que no se metan o interfieran en la propia[22]. Un espacio para el debate, la argumentación, la crítica, la duda y la demostración no es abierto en cualquier tipo de organización socio-política, económica y cultural y no es suficiente para construirlo (aunque es muy importante) que esté permitido legalmente y políticamente, aunque se denomine democrático. Por otra parte, se confunde la tolerancia y el respeto con el irracionalismo y con la idealización de la cultura en la que se está inmerso ni en la idealización de otras culturas, ideas, costumbres, creencias, mitos, religiones, partidos políticos, drogas y formas de vida, que se usan como formas de fuga, escape y oposición frente a la angustia y el cansancio sociocultural e histórico de la cultura capitalista. La tolerancia y el respeto tampoco deben confundirse con el relativismo vulgar o extremo (a nivel epistemológico, ético y político-jurídico), que hace equivalente todos los discursos o el relativismo cultual extremo, que hace respetables y equivalentes (a nivel epistemológico, ético y político-jurídico) todas las ideas, valores, creencias y costumbres sólo porque son culturales, y  la imposibilidad de cualquier valoración absoluta desde un marco externo.

Una cosa es la sociología y la antropología como ciencias humanas o ciencias de la cultura que estudian al ser humano de manera integral y a otras culturas diferentes a la nuestra, que muestran cómo funciona la cultura en la que estamos inmersos y enseñan la alta capacidad que tienen otras culturas de aprender, sin despreciarlas como primitivas y otra cosa muy distinta es el irracionalismo militante, la drogadicción, las idealizaciones, los delirios, los fantasmas, las quimeras, las utopías, el fanatismo religioso, el fanatismo político, el fanatismo deportivo, las teorías de la conspiración, la superstición, el misticismo, el esoterismo, el ocultismo, la astrología, la numerología, la homeopatía, la ufología, el creacionismo alienígena o creacionismo extraterrestre, la cienciología (dianética), la criptozoología, el espiritismo, la quiromancia, la geomancia, la adivinación, la angeología, la piramidología, la parapsicología, las lecturas de tabaco, de la mano y del tarot, el vudú, la tabla ouija,  las auras, las pulseras mágicas, el neopaganismo, el chamanismo y la New Age (Nueva Era), que son formas de oposición, cansancio, rechazo, reproche y defensa inútiles, estériles, ineficaces e improductivas frente a la cultura en la que se está inmerso[23], al igual que el aceptar el racismo, la homofobia, el sexismo, la discriminación religiosa o la discriminación socioeconómica como posiblemente válidos sólo porque forman parte de la cultura en la que uno está inmerso o porque aparecen en otras culturas distintas. De hecho, las idealizaciones de la cultura en la que se está inmerso o de otras culturas en nombre de Dios, la paz, el amor, la justicia, la igualdad, la abundancia, la libertad, la democracia, el proletariado, el progreso, la ciencia, la naturaleza, entre otros, siempre ha conducido históricamente al terror, y su fórmula completa es: “libertad, igualdad, fraternidad… de la muerte”.

El laicismo (del griego “laikós”, “alguien del pueblo”, de la raíz “laós”, “pueblo”) es la corriente de pensamiento, ideología, movimiento político, legislación o política de gobierno que defiende o favorece la existencia de una sociedad organizada aconfesionalmente, es decir, de forma independiente, o en su caso ajena a las confesiones religiosas. Su ejemplo más representativo es el “Estado Laico” o “Estado Aconfesional o No Confesional”. El concepto laico aparece primeramente en un contexto cristiano. El concepto de “Estado Laico”, opuesto al de “Estado Confesional”, surgió históricamente de la Separación Religión-Estado que tuvo lugar en Francia a finales del s. XIX, aunque la separación entre las instituciones del Estado y las iglesias u organizaciones religiosas se ha producido, en mayor o menor medida, en otros momentos y lugares, normalmente vinculada a la Ilustración (s. XVIII) y a la Revolución Liberal (concepto histórico con el que se designa la revolución política incluida en el proceso de transformaciones revolucionarias en todos los ámbitos con el que se cierra la Edad Moderna y comienza la Edad Contemporánea. El componente económico de ese cambio es la Revolución Industrial y el componente social la revolución burguesa[24]. Se localiza en el tiempo entre finales del s. XVIII y comienzos del s. XIX, y especialmente en Europa Occidental. Institucionalmente, este cambio político se produce entre la monarquía absoluta propia del Antiguo Régimen y el Estado liberal). Los laicistas consideran que su postura garantiza la libertad de conciencia además de la no imposición de las normas y valores morales particulares de ninguna religión o de la irreligión. El laicismo se basa en una concepción secular y no sacra del poder político como actividad autónoma respecto de las confesiones religiosas, persiguiendo la secularización del Estado y permitiendo la libertad religiosa, aunque se distingue del anticlericalismo radical ateo en cuanto no condena la existencia de dichos valores religiosos[25]. El uso de indeferencia e indiferencia no es equivalente: Mientras que la indeferencia es la falta de deferencia o respeto debido, en este caso a cosas sagradas (con lo que se relaciona con la profanación, tratar lo sagrado igual que lo profano); el indiferentismo o indiferencia en materia religiosa es un concepto ligado a la postura pública del gobernante o del individuo ante la religión, en el contexto de la Reforma Protestante: Por un lado a la tolerancia religiosa con que los reyes podían escoger tratar a la disidencia en materia religiosa (mientras Felipe II prefería perder sus Estados a gobernar sobre herejes; Enrique IV ganó el trono de Francia gracias al compromiso de tolerancia del Edicto de Nantes y convirtiéndose de protestante en católico –“París bien vale una misa”-). Por otro a la indiferencia personal con que los que a partir del Renacimiento (s. XV-s. XVI) se denominan libertinos se enfrentaban a la religión, postura muy minoritaria que en los s. XVII y s. XVIII fue concretándose en diferentes posturas religiosas e intelectuales (el librepensamiento, el panteísmo, el agnosticismo y el ateísmo), y que desde finales del siglo XVIII y sobre todo en el s. XIX y comienzos del s. XX se popularizó como anticlericalismo.

El laicismo o laicidad puede entenderse como la dimensión político-jurídica del secularismo o proceso histórico de secularización que dejó a la Iglesia Católica al margen del poder. Cabe destacar que es en la República Mexicana, precisamente durante la llamada “Guerra de Reforma” que los liberales mexicanos consolidaron la separación jurídica entre la Iglesia Católica y el Estado a través de varias disposiciones, resaltando entre ellas, la Constitución de (1857), en la que se decreta la laicidad en la educación pública; junta a esta disposición suprema hay que resaltar la importancia de la Ley de Desamortización de los Bienes de la Iglesia del (12 de julio de 1859), como culminación del referido proceso. A partir de ese momento, la separación Iglesia-Estado rige los principios constitucionales del país. Este término tomó su significado a partir de la raíz latina original para designar el impulso moderno (surgido durante el Siglo de las Luces) de los Estados, organizaciones y personas para la independencia de las instituciones respecto al poder eclesiástico, el deseo de limitar la religión al ámbito privado, particular o colectivo, de las personas y permitir mejores condiciones para la convivencia de la diversidad religiosa, poniendo al Estado de árbitro y, como reglas del juego, los derechos humanos. En los países de mayoría católica este proyecto se encontró con la oposición de la Iglesia Católica, lo que dio nacimiento al conflicto clericalismo/anticlericalismo.

En general, los laicistas afirman que el Laicismo es un principio indisociable de la democracia, porque las creencias religiosas no son un dogma que deban imponerse a nadie ni convertirse en leyes. El filósofo y escritor español Fernando Savater dice que “en la sociedad laica tienen acogida las creencias religiosas en cuanto derecho de quienes las asumen, pero no como deber que pueda imponerse a nadie. De modo que es necesaria una disposición secularizada y tolerante de la religión, incompatible con la visión integrista que tiende a convertir los dogmas propios en obligaciones sociales para otros o para todos. Lo mismo resulta válido para las demás formas de cultura comunitaria, aunque no sean estrictamente religiosas”. Un Estado Laico de esta forma pretende alcanzar una mejor convivencia al ordenar las actividades de los distintos credos, asegurando la igualdad de todos ante la ley, y en muchos casos sirviendo como herramienta para someter el sentimiento religioso, pretendiendo así anteponer los intereses generales de la sociedad civil sobre los intereses particulares. En otros campos más específicos, por ejemplo la educación, se usa el término de educación laica cuando se defiende la enseñanza pública o privada manteniendo la independencia de la misma respecto a cualquier creencia o práctica religiosas. En el s. XIX francés la palabra laicización significó sobre todo el esfuerzo del Estado por sustraer la educación al control de las órdenes religiosas, ofreciendo una escuela pública controlada exclusivamente por el Estado igual para todos. La Iglesia Católica se ha opuesto a esta visión del laicismo, pues considera que no garantiza la libertad religiosa y de culto de los católicos. La Iglesia Católica se acercó a las posiciones políticas más modernas, aproximándose a una renuncia al Estado Confesional, durante el Concilio Vaticano II y retrocediendo después a sus posiciones tradicionales. Acepta un régimen de separación del Estado, pero puntualiza que esta“separación” no implica la renuncia a exigir que las leyes se amolden a sus posiciones doctrinales en los países que se consideran católicos, allí donde los bautizados son mayoría, en los que exige una posición especial. La Iglesia Católica distingue actualmente entre un estado laico, que reconoce la autonomía mutua de la Iglesia y el Estado en sus respectivas esferas, y el Estado Laico, que se resiste a la tutela espiritual del Estado por parte de la Iglesia Católica. La Asociación de Ateos de Cali (AAC) lucha por un Estado Laico (separación radical y real entre las religiones y el Estado, no sólo a nivel de la Constitución política, en donde las decisiones sociopolíticas no dependan de ninguna religión y que las discusiones teológico-religiosas queden totalmente excluidas de las discusiones políticas en el Estado) y una educación laica, racional, reflexiva y crítica, separada de cualquier dogma“sagrado”, “revelado” e “incuestionable” de origen religioso o político, una educación como “formación”, que permita pensar a los sujetos por sí mismos y no una educación basada en dogmas religiosos, sociales, políticos o económicos.

[1] Zuleta, Estanislao.,  Educación y Democracia,  Colombia,  Hombre Nuevo Editores, Novena Edición. 2009,  pág. 51.

[2] Ídem., pág. 51.

[3] Ídem., pág. 51.

[4] Ídem., pág. 51.

[5] Ídem.,  pág. 51.

[6] Zuleta, Estanislao., Colombia: Violencia, Democracia y Derechos Humanos, Hombre Nuevo Editores, Sexta Edición, 2009, pág. 20.

[7] Zuleta, Estanislao.,  Educación y Democracia,  Colombia,  Hombre Nuevo Editores, Novena Edición. 2009,  pág. 78.

[8] Ibíd., pág. 39.

[9] Ibíd., pág. 38.

[10] Zuleta, Estanislao.,  Educación y Democracia,  Colombia,  Hombre Nuevo Editores, Novena Edición. 2009, pág. 81. 

[11] Ibíd.,  pág. 83.

[12] Ibíd.,  pág. 94-95.

[13] Hernández Gómez, José Ricardo., Tratado de Derecho Constitucional, Editorial Ariadna, 2010.

[14] Papacchini, Ángelo., Filosofía y Derechos Humanos, Editorial Universidad del Valle, Santiago de Cali, Valle del Cauca, Colombia, pág. 22.

[15] Documento de Amnistía Internacional, basado en un texto de Leonardo Aravena (1998). “Una larga marcha hacia los derechos humanos”, Consultado el 27 de diciembre de 2007.

[16]  Molas, Pere., La Estructura Social de la Edad Moderna Europea, Manual de Historia Moderna, Ariel, Barcelona, 1993, pág. 72.

[17] Clavero, Bartolomé., Derecho Indígena y Cultura Constitucional en América, Siglo XXI Editores, México, 1994, pág. 8 y 12.

[18] Pérez, Luño, Antonio Enrique., Derechos Humanos, Estado de Derecho y Constitución,Tecnos, Madrid, 2005, pág. 25.

[19] Ketchekian, S. F., Origen y Evolución de los Derechos del Hombre en la Historia de las Ideas Políticas, RICS,  1965, pág. 324.

[20] Beuchot, Mauricio., Pluralismo Cultural Analógico y Derechos Humanos, en Investigar en Ciencias Humanas: Retos & Perspectivas, Editorial Universidad del Valle, Santiago de Cali, Valle del Cauca, Colombia, pág. 109-110. 

[21] Ibíd., pág. 111-112.

[22] Zuleta, Estanislao,  Educación y Democracia,  Colombia,  Hombre Nuevo Editores, Novena Edición. 2009, pág. 81.

[23] Zuleta, Estanislao, Arte y Filosofía. Colombia,  Hombre Nuevo Editores, Sexta Edición. 2010,  pág. 72-74.

[24] Hobsbawm, Eric., Las Revoluciones Burguesas, Ediciones Guadarrama, Madrid, 1971.

[25] Bobbio, Norberto., Diccionario de Política, Siglo XXI Editores, España, 2003, pág. 856-860.

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